La Residencia de Estudiantes dedicó el martes 19 de febrero un emotivo homenaje a José Bello, testigo e inspirador de la generación del 27, que falleció el pasado mes de enero a los 103 años.
En el acto participaron algunos de sus amigos, como la directora de la Residencia, Alicia Gómez-Navarro, el director honorario de la misma, José García-Velasco, un sobrino del homenajeado, Severino Bello, el periodista Javier Rioyo, la galerista Elvira González y el abogado Antonio Garrigues Walker, que evocaron momentos de su vida. Los actuales becarios de la Residencia de Estudiantes leyeron una selección de sus textos predilectos: poemas de Federico García Lorca, Garcilaso de la Vega, Rafael Alberti, etc.
Tras la lectura, tuvo lugar un concierto en el que la mezzosoprano Alicia Nalón y el pianista Julio Alexis interpretaron cinco lieder de Richard Wagner, músico favorito de Pepín Bello.
José Bello desempeñó un papel crucial como aglutinador del grupo que durante los primeros años de la década de los veinte se reunió en la Residencia de Estudiantes, y en la que forjaron su amistad y su personalidad creativa Federico García Lorca, Salvador Dalí, Luis Buñuel o Rafael Alberti, tal como se refleja en la nutrida correspondencia que se conserva. José Bello fue confidente de todos ellos y creador e inspirador de multitud de conocidas imágenes surrealistas utilizadas por el grupo.
José Bello, «buenazo, imprevisible, aragonés de Huesca, estudiante de Medicina que nunca aprobó un examen, hijo del director de la Compañía de Aguas de Madrid, ni pintor ni poeta... no fue nada más que nuestro amigo inseparable». Así lo describió Luis Buñuel en Mi último suspiro al recordar los días que ambos pasaron en la Residencia de Estudiantes junto a otros ilustres amigos de generación, Federico García Lorca, Salvador Dalí, Juan Vicens o Rafael Alberti. Éste último, que sin ser residente pasaba muchas tardes en «la Colina de los chopos», también ha dejado testimonio de su amistad con José Bello. «Aquella noche —escribe en La arboleda perdida— me invitó [Federico García Lorca] a cenar allí en la Residencia, en compañía de otros amigos suyos, entre los que se hallaban Luis Buñuel, lejos aún de su renombre universal de cineasta, el poeta malagueño José Moreno Villa y un muchacho delgado, de bigotillo rubio, absurdo y divertido, que se llamaba Pepín Bello, con el que simpaticé vertiginosamente.»
Pero el papel de José Bello, más conocido como Pepín Bello, no sólo fue el de la amistad inseparable o la vertiginosa simpatía. En aquel foco de la Edad de Plata, José Bello desempeñó un papel fundamental como catalizador entre los distintos miembros de la Generación del 27, especialmente entre Lorca, Buñuel y Dalí. Tan significativo es que algunas de las ideas de Un perro andaluz se deban a su imaginario como que fuera él quien hiciera la mítica fotografía del homenaje a Góngora en el Ateneo de Sevilla.
El papel de José Bello en la historia de la cultura española reside, y por ello ha sido más difícil de apreciar, en méritos no escritos o que se escapan al encasillamiento habitual de la obra literaria o artística. No obstante, los autores que con más profundidad han estudiado el período vanguardista han encontrado en José Bello el imprescindible hilo conductor de amistades, influencias y propuestas creativas. Fruto de su imaginación fueron los anaglifos poéticos, y esas representaciones oníricas llamadas putrefactos o carnuzos con las que Dalí y Buñuel defendieron lo no convencional frente a las formas y el pensamiento clasicista. El libro Buñuel, Lorca, Dalí: el enigma sin fin de Agustín Sánchez Vidal (Planeta, 1988), así lo demuestra, pues no en vano se basó en su correspondencia y en su prodigiosa memoria, uno de los archivos más importantes y fidedignos con los que contaron los investigadores. Pero quizá el análisis que más completa su biografía sea el que aporta Dalí Residente (Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, 1992), obra de Rafael Santos Torroella, quien se pregunta, como ya hiciera José Bergamín, si José Bello no ha de ser considerado «el verdadero fundador o inspirador del surrealismo español» y llega a la siguiente conclusión: «la de que Buñuel, Dalí y Lorca se necesitan, y de que esa necesidad llega en un momento en que sólo tienen un nombre, el de Pepín, porque en él se cifra el a veces incierto denominador común de la amistad de todos».
La relación de José Bello con la Institución Libre de Enseñanza y su entorno comienza a raíz de la antigua amistad de su padre, el ingeniero Severino Bello, con Joaquín Costa y Francisco Giner de los Ríos. Auspiciado por ambos, don Severino trasladará a José y a dos de sus hermanos a Madrid para estudiar dentro de la Institución. José Bello era el segundo de siete hermanos; nacido en Huesca el 13 de mayo de 1904, tiene once años en 1915 cuando ingresa en la sección infantil de la Residencia de Estudiantes. Allí cursará estudios de Segunda Enseñanza con compañeros como Justino de Azcárate, Gustavo Pittaluga o Emilio Prados. En 1921 entra en la sección universitaria de la Residencia para estudiar medicina, junto a uno de sus hermanos, Severino, con el que siempre mantuvo una vinculación especial. Es en este momento cuando traba gran amistad con Luis Buñuel, Federico García Lorca, Salvador Dalí, José Moreno Villa, Juan Vicens y José María Hinojosa, todos ellos caballeros de la surrealista Orden de Toledo, que fundó Buñuel en 1923.
La vida de José Bello adopta un sesgo diferente a partir de 1927, cuando empieza a pasar largas temporadas en Sevilla. Decide abandonar sus estudios de medicina el curso 1928-29, tras comenzar a colaborar con la Sociedad de Vías y Riegos que pertenecía a la familia de su amigo y paisano José Ignacio Mantecón. Al año siguiente es nombrado Delegado de Fomento de la Exposición Iberoamericana de Sevilla. Durante sus años sevillanos Bello tiene mucho contacto con otro de sus íntimos amigos, el torero Ignacio Sánchez Mejías, y mantiene correspondencia asidua con Alberti, quien se convierte en uno de sus grandes confidentes.
Tras la amarga experiencia de la guerra y la primera posguerra, años en los que perdió allegados —un hermano, fusilado en Paracuellos del Jarama— y vio exiliarse a muchos amigos, recuperó la relación con algunos protagonistas de la vanguardia histórica que permanecieron en España viviendo, en muchos casos, el llamado exilio interior. Reanudó el contacto con el escultor Ángel Ferrant y con otros amigos como el torero y empresario Domingo Ortega, Melchor Fernández Almagro y Vitín Cortezo. Emilio García Gómez, Antonio Díaz-Cañabate y Antonio Garrigues Díaz-Cañabate serán compañeros de la tertulia del café Lyon y amigos como Luis Miguel Dominguín, Lucía Bosé, Juan Benet o el arquitecto Fernando Chueca Goitia no dejarán de reivindicar su papel dentro del surrealismo español.
En los últimos años fue objeto de numerosos encuentros y homenajes, entre los que destacan los que tuvieron lugar en la Residencia de Estudiantes, de cuya Asociación de Amigos fue Presidente de Honor, y a la que, en su etapa actual, volvió con mucha asiduidad. Hace pocos meses, en mayo del pasado año, participó vivamente, derrochando gracia e ingenio, en la presentación del libro Ola Pepín! Dalí, Lorca y Buñuel en la Residencia de Estudiantes, publicado por la Residencia, y celebró junto a su familia y amigos, su 103 cumpleaños.
En 2001 recibió la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio y en 2004 el Premio Aragón, concedido por el Gobierno aragonés, y la Medalla de oro al Mérito en las Bellas Artes.
El 11 de enero de 2008 falleció en su casa de Madrid, a los 103 años.
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