conferencia
En busca del bien común
VICTORIA CAMPS
Presentado por José María González | Javier Muguerza
Residencia de Estudiantes | 2 de abril de 2002
Victoria Camps, que ha reivindicado siempre una ética que se acerque a la práctica, un discurso ético que aborde problemas actuales, presentó las conferencias de estas tres sesiones como una reflexión sobre el buen uso de la libertad y sobre cómo este buen uso precisa de la construcción de una personalidad moral en los individuos. En la sociedad moderna predomina una concepción negativa de la libertad, relacionada con la separación típicamente rawlsiana entre lo justo y lo bueno: lo justo como aquello que atañe a lo público y que precisa de la intervención del Estado, y lo bueno como aquello que atañe exclusivamente al individuo. Pero Camps no considera que esta separación entre lo justo y lo bueno sea correcta. Éste fue el punto de partida de la disertación de la filósofa, quien durante toda la primera parte de su exposición se centró en plantear una crítica de esa teoría de John Rawls, especialmente de la idea de la prioridad de lo justo sobre lo bueno defendida por este autor, idea que, en opinión de Camps, desatiende el hecho de que la noción de justicia se ha formado, precisamente, a partir de la noción de bien.
La idea fundamental de la teoría de Rawls es que existen ideales de justicia que no derivan de la experiencia, sino de la razón. Dichos ideales son lo que este autor llama bienes primarios, una suerte de derechos mínimos de todo individuo que han de ser garantizados por el Estado. Estos bienes primarios son universalizables porque derivan de la razón. Más allá de ellos, comienza la libertad individual, esto es, la posibilidad de escoger cada uno la vida que quiera, siempre con el límite que imponen los bienes primarios de los demás.
Esta concepción de Rawls, típicamente kantiana (la razón individual encierra en sí misma la idea de bien, y por eso el bien es universalizable), es para Camps una ficción. En primer lugar, la teoría no funciona a la hora de conjugar teoría y práctica, ya que la existencia de un modelo de Estado de bienestar que garantice esos bienes primarios no genera ciudadanos solidarios libres; antes bien, el comportamiento moral de los individuos se genera ante todo por coacción, no porque intuyan en sí mismos un concepto de lo que está bien y de lo que es bueno. En segundo lugar, la ley por sí sola no crea moral; el orden jurídico proporciona un marco moral mínimo, pero el individuo no tiene valores comunes y se encuentra desorientado las más de las ocasiones. Así, en opinión de Camps, el lenguaje de los derechos jurídicos debe usarse con cautela, pues suple al lenguaje de la moralidad que no sabemos construir. Es la falta de un discurso moral lo que lleva a hablar de derechos, pero el establecimiento de los derechos viene a suplir de esa forma actitudes de solidaridad global y no contribuye al bien común.
Como conclusión, puede decirse que Rawls reduce la moral y la política a un ideal de justicia racional y deja el concepto de bien a los individuos. Pero Camps afirma que sucede más bien lo contrario, es decir, es el concepto de bien el que nutre al de justicia, y los derechos sólo lo amplían y ayudan a completarlo. En oposición a Kant, la filósofa se confiesa más afín a la teoría ética de Hume: la moral no deriva sólo de la razón, sino del sentimiento, de un conjunto de sentimientos comunes, y la justicia se construye a partir del principio de lo bueno, que en el caso de Hume deriva en el principio de la utilidad: lo útil es lo bueno. Así, el bien se construye por el empeño colectivo en perfeccionar la justicia y mantener sus principios. Es el empeño colectivo lo que permite la construcción de un bien común. La moralidad, concluye Camps, es resultado de una construcción colectiva, y la única forma de hacerlo es apelar a las virtudes, que constituyen el vínculo entre lo individual y lo colectivo. Estas virtudes no son tanto virtudes sustantivas, con nombre propio, como una serie de tendencias que pasan por tener en cuenta al otro e intentar comprender su postura, a la par que se intenta defender lo propio. Una concepción de la Ética limitada a la justicia y, sobre todo, al papel que los derechos fundamentales desempeñan en la moralidad colectiva, es a todas luces insuficiente.
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